El verdugo/Por Edgar Landa Hernández.

“Dice un relato que, por allá de los años 1796, vivía un joven llamado Giovanni Battista, en Francia.Debido a su forma de ser, se convirtió en verdugo, al servicio de los estados pontificios de Francia, y se le declaró como el verdugo oficial durante 69 años.
Su forma de asesinar era mediante hachazos, mazazos y uso de la guillotina. Cuentan que cierto día, antes de hacer una ejecución, Giovanny tuvo un sueño muy extraño, en su sueño veía como su hacha no estaba debidamente afilada, y la víctima se la quitaba y con ella misma lo asesinaba, despertando el verdugo todo sudoroso y asustado.
Después de esta pesadilla, el verdugo se dirigió hacia los sacerdotes, para que bendijera su hacha y ¡así poder asesinar a las víctimas sin temor alguno o que le fuera a pasar algo malo a él!, cosa que, mediante una breve ceremonia, los papas, unificaban sus oraciones, para que el verdugo pudiera matar a gusto. Y no le pasara nada malo a él”.
La enseñanza es contundente. ¿Cuántas veces la mayoría de nosotros buscamos una ayuda espiritual para tener paz, pero seguimos empecinados en hacer el mal? ¿de nada sirven las bendiciones si nuestras conductas están muy por encima de la razón y sensatez.
Continuamos siendo como el verdugo, matando gente ya sea con nuestras actitudes y nuestra lengua y deseamos que nos vaya bien en nuestro recorrido terrenal, a sabiendas que lo malo que hagamos se convertirá en un boomerang que regresará con mayor fuerza contra nosotros mismos.
Cuando nos alimentamos de la envidia, el egoísmo, soberbia y orgullo lo extendemos mediante nuestras acciones, buscamos a como dé lugar nutrir nuestro ser de estas fuerzas malignas logrando únicamente apartar a todo aquel que nos estima y aun a los que no.
De nada sirve orar, si después de eso estaremos cayendo en el mismo error de continuar creando un entorno donde no hay cabida para la bienaventuranza.
Es tiempo de dejar el hacha y emplear nuestro talento para construir obras en bien de todo aquel que se cruce en nuestro camino.
Ser de los que dejan huellas, y no cicatrices.
Se los comparte su amigo de la eterna sonrisa
Edgar Landa Hernández.

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