AL ABRIGO DEL RECUERDO

La neblina, suave capa aterciopelada que cae sobre nuestra humanidad envolviendo el cuerpo y el alma, pedazo de nube que baja parsimoniosa, mensajera del misterio, amiga íntima de la nostalgia. Tu aroma y tu sabor lo llevo tan adentro, lo recuerdo en las tardes de invierno cuando el sol se ausentaba durante meses y las piedras del barrio se vestían de aquel verde intenso que el musgo les regalaba.

Mi suburbio lo componían la Calzada 5 de febrero, el callejón Jesús te ampare, la calle del Escuadrón 201, la única cuadra de Nogueira seguida de Rojano, Aldama y Landero y Coss. Completado por la iglesia de San José y su desquebrajado atrio que desde hace mucho tiempo ha tenido como acompañante al mercado Alcalde y García. Ahí también se encuentra el monumento más antiguo de Xalapa (1853) que recuerda el heroísmo de los militares Ambrosio Alcalde y Antonio García con una enorme columna rodeada por pilares y gruesas cadenas, donde me mecía como divertido columpio cada vez que podía hacerlo.

Como cada tarde la campana recordaba la inevitable cita con el Santísimo, nuestro compromiso diario de asistir a misa de seis, sorteando el andar entre el empedrado resbaloso y húmedo que abarcaba todo el casi todo el perímetro anterior, con sus palmeras ubicadas en la esquina de Alcalde y García con Nogueira y otras más ya muy cerca de la iglesia, que nos saludaban con sus manos de escuálidas hojas movidas por el rocío invernal.

Ya de regreso a casa mi abuela y yo, pasábamos a la tienda de don Nereo donde se podía comprar todo un universo de productos y enseres necesarios para satisfacer las necesidades básicas de aquella época (años sesenta), como veladoras para el altar de los santos, cuerdas y bolsas de ixtle, cerillos, manteca, galletas de animalitos y con copete color de arcoíris envasadas en enormes bolsa de cartón delgado del tamaño de un bulto de cemento; maíz, frijol, arroz, panelas, especias diversas y demás semillas resguardadas en costales formados a la entrada de la miscelánea, porque eso era, ahí se encontraba de todo.

Recuerdo pararme frente al mostrador con piel de lámina pintado de rojo carmesí o a veces de verde bandera donde el baile constante de las monedas la tatuaban con abolladuras; a un lado brillaban dentro del enorme frasco los chiles curtidos en vinagre ganándose un espacio entre las rodajas de cebolla y zanahoria. Desde mi posición podía ver los enormes estantes de madera donde formados como un gran ejército, se asomaban las latas de leche condensada y azucarada, de chocolate Express vitaminado o Milo, focos, botellas de aceite de olivo, tarros de mayonesa, mermeladas y conservas. A un costado las escobas de palma, cepillos de raíz, jergas, escobetas y estropajos acompañados de los detergentes e insecticidas.

Los señores, y también alguna señora, pedían sus cigarros “Delicados”, “Alitas”, “Carmelitas” y los famosos “Faros”, todos sin filtro y de papel arroz como decía la publicidad. No podían faltar los refrescos, las cervezas y el aguardiente; la pomada milagrosa que aliviaba desde un raspón hasta algún hueso roto, los morrales para el mandado y el recaudo colgados en ganchos de metal como trapecistas dando giros con el aire de otoño. Eran muchas las cosas que ahí se vendían y que escapan a mi memoria, pero lo que sí está presente en mí son los cucuruchos de papel periódico en los que despachaban los huevos, los granos y lo que se pudiera contener en esa pirámide cónica; también el pan, las galletas, las pastas y todo lo comestible se envolvía en hojas de papel de estraza enrolladas en las puntas formando un molote, algo parecido a una gran empanada.

A una media cuadra aparecía imponente el cuartel “Heriberto Jara Corona”   conocido como de San José, con sus enormes puertas siempre abiertas mostrando su amplio patio central donde se resguardaba el 21° Batallón de Infantería del Ejército Mexicano. Todos los días a las seis de la mañana rendían los honores a la bandera, marchaban y entrenaban cotidianamente pues la rutina en la ciudad en aquella época era de paz y tranquilidad para los xalapeños.

El mercado es referente importante en la vida de los vecinos de algún barrio y el Alcalde y García no es la excepción, me emociona mencionarlo como parte de los recuerdos de la infancia que seguramente comparto con otras personas del rumbo; su arquitectura sencilla con el techo alto y dos pórticos que antecedían a las enormes puertas fabricadas con barrotes de madera, albergaban a la señora que en un espacio de medio metro de ancho adaptó una barra donde nos preparaba los espumosos chocomiles, además vendía todo tipo de dulces tradicionales como merengues, higos y naranjas cristalizadas, duquesas y cocadas. Vitroleros con agua de horchata, tepache y de tamarindo provocando con su redondez el antojo de la clientela.

Si nos sobraban algunas monedas podíamos comprar una sorpresa de veinte centavos, que eran pequeños juguetes dentro de una bolsa de papel. Había un expendio igual en otra entrada al mercado. Los papalotes y palomas colgaban en las tiendas situadas fuera del mercado, revoloteaban al son del viento de octubre esperando ser elevados.

En el primer local del pasillo exterior del mercado se encontraba la panadería de doña Esperanza, donde desde muy temprano consentía a todos los vecinos con el delicioso, aromático y tradicional pan que se horneaba muy cerca, en un famoso negocio de la calle Xalapeños Ilustres. En aquellos años el pan era cocido en la madrugada, los panaderos  empezaban a hacerlo en las primeras horas del día para  poder distribuirlo entre seis y siete de la mañana y disfrutar en el desayuno las piezas recién salidas del horno.

La ñapa o pilón era una forma de agradecimiento por parte de los comerciantes a sus clientes, si se compraba una cantidad considerable de algún producto el vendedor regalaba una pequeña porción. En la panadería al comprar más de diez piezas te daban otra de pilón, cada una costaba diez centavos. Me encantaban las “camelias” y los “laureles” con nata.

Desde aquellos años hasta el día de hoy, las nieves de guanábana, de mamey o limón deleitan a los que caminan por la calle Justo Sierra casi llegando al Jardín de Niños “Enrique Pestalozzi”, su creador sigue parado ahí con su carro y el mismo delicioso sabor, con su cara seria y su figura delgada, con los años reflejados en su rostro pero fiel al compromiso asumido hace más de sesenta años. Cuando paso por ahí, no pierdo la oportunidad del comerme un delicioso barquillo con la nieve que desde pequeña me deleitaba al salir del kínder y sentir la nostalgia que se percibe al abrigo del recuerdo.

 

 

 

 

 

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s