Gracias a la vida, y sobre todo a mi padre.

Por Edgar Landa Hernandez.

“Gracias a la vida, y sobre todo a mi Padre”
Es el sexto mes del año en donde se le rinde una pleitesía sin igual a aquel hombre que en sus hombros lleva la carga de la familia, el líder que con sus decisiones guía el rumbo del excelso núcleo llamado hogar. Al menos en mi familia así fue, Mi padre tomando decisiones y mi madre al lado de él apoyándolo en cada proyecto que emprendían en bienestar de nuestra dinastía.
Siempre le guardé un gran respeto, verlo firme, sin titubear, sabía cuáles eran sus objetivos y más de uno los logró.
Mi padre era un ser con estrella, irradiaba luz por donde guiaba sus pasos, siempre dejando huella, una huella imborrable que aun los que lo conocieron lo recuerdan con un gran cariño y enorme agradecimiento.
Su forma de ser fue siempre sin igual, no era de medias tintas, era todo o nada.
Y a más de uno siempre le tendió su mano, supo ganarse el respeto y la admiración de la gente y sobre todo de nuestra propia familia.
Mi padre vivió a lo máximo, entendía que la vida no era para siempre y que simplemente era un suspiro que se ahoga en medio de las turbulencias, por eso vivía el día, en su presente, disfrutando de la jornada.
Mi padre estaba tocado con la luz divina, disfrutaba de su familia, de su trabajo y sobre todo de aquellas noches en donde la bohemia resurgía y le ablandaba aún más su corazón sin llegar a debilitarlo. Sabía que su felicidad no dependía de terceras personas, él lo entendió muy bien y así lo definía, con su simplicidad, con la madurez en las cuales resolvía los desafíos que se le presentaban.
Con el aprendí el respeto propio y por ende el de los demás, nos enseñó que amar al prójimo era amarse a uno mismo y que la importancia de las personas no son lo que tienen, sino en lo que realmente son. Siempre vivió guiado por su corazón.
El espíritu de mi padre era enorme, creía en sí mismo, en su ingenio y jamás se dejó amilanar por las habladurías de la gente, actuaba con amor y de una forma que yo fui testigo que cuando algo no le salía imploraba al creador y siempre se reconstruía y regresaba con mucho mayor fuerza.
Mi padre nos enseñó los valores, a amar la vida, a disfrutar de correr con el viento, lo mismo que a saborear las exquisiteces que mi madre con tanto amor guisaba para su prole.
Hoy sé que sigo los caminos que tantas veces recorrimos, siempre con el gran legado que dejó en mi corazón…

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